La Gran Muralla en China empezó a construirse en el siglo V a.C para proteger al Imperio que rodeaba de los ataques de los nómadas. La Gran Muralla en África es un poco distinta. Es distinta porque es verde. También lo es porque no se ha construido, sino que se ha plantado. Hace frente así al avance de la desertificación y frena las consecuencias medioambientales y sociales de la degradación de las tierras en las regiones del Sahel.

La desertificación ha puesto en peligro a millones de personas en el continente africano, donde las tierras secas y áridas ocupan alrededor de dos tercios del territorio total. En las zonas del Sahel, su paso ha sido aún más alarmante. Las comunidades de la zona que lo ocupan han comprobado cómo el cambio climático y las sucesivas sequías ha empeorado el estado de sus tierras, poniendo en serio peligro su supervivencia. La vegetación se extingue, los precios de los alimentos no paran de subir,  y las distancias a recorrer para obtener agua potable cada vez son más largas.

 

Fruto de esta preocupación nace la Gran Muralla Verde, un proyecto liderado por Senegal y aprobado por los Jefes de Estado y de Gobierno de diversos países africanos en el año 2007. La idea inicial pasaba por construir una barrera de árboles de este a oeste a través del desierto africano. De Senegal a Yibuti, 7.500 kilómetros de largo y 15 de ancho para frenar el avance de la desertificación.

 

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Ahora, diez años después, la iniciativa involucra a más de 20 países africanos y ha evolucionado hacia un enfoque más científico e integrado. Un verdadero mosaico de intervenciones adaptadas a los ecosistemas locales y las necesidades específicas de las comunidades afectadas.

 

El proyecto fomenta una actitud sostenible para frenar los efectos del cambio climático. Pero no solo, también sirve como plataforma para impulsar el desarrollo de las comunidades locales, a las que se les ayuda a gestionar de manera respetuosa con el medioambiente sus tierras y bosques. Así no sólo frenan la desertificación, sino que también obtienen comida y seguridad, pues ya no tienen que temer por la escasez de alimentos o falta de recursos.

 

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La Gran Muralla Verde es un ejemplo del que todos podemos aprender. Sostenibilidad y desarrollo, progreso y respeto al medioambiente, no son excluyentes el uno del otro. Más bien todo lo contrario. Su interacción sumada a la cooperación, entre los países y entre los habitantes de las comunidades,  ha dado lugar a un equipo capaz de lograr prácticamente cualquier cosa que se proponga.

 

Aunque  todavía queda mucho camino por recorrer,  los habitantes del Sahel ya han podido empezar a recoger los frutos de su proyecto. Se estima que a nivel general, se han plantado el 15% de los árboles que configurarán la muralla. Los efectos no han tardado en hacerse notar: muchos animales que habían desaparecido de la zona han vuelto a aparecer. Antílopes, liebres y pájaros que hace cincuenta años que nadie veía, ahora vuelven a cantar en el Sahel.

 

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En Senegal se han plantado un total de 11 millones de árboles, recuperando 27 000 hectáreas de tierra degradada. Sumado a ello, han conseguido diversificar las actividades económicas y generar empleo y riqueza sobre todo entre los jóvenes y las mujeres de las comunidades partícipes.

 

Hoy se celebra a nivel mundial, el Día Internacional contra la Desertificación y la Sequía. Una fecha señalada por Naciones Unidas para concienciar a la población de lo vital que resulta poner freno al avance de estos dos procesos. Iniciativas como la Gran Muralla Verde son sin duda, una esperanza de cambio. La Tierra nos necesita de la misma manera que nosotros la necesitamos a ella, y aun estamos a tiempo de ayudarla.

 


Las fotos de este artículo son propiedad de  Giulio Napolitano para FAO.

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