Ya son veinticinco millones. Veinticinco millones de personas que según las Naciones Unidas se han visto forzadas a abandonar sus tierras a causa de problemas medioambientales. Sequías, inundaciones, o degradación de la naturaleza por no mencionar muchos otros. Factores que han hecho de ciertas zonas del planeta, lugares completamente inhabitables para estos veinticinco millones de refugiados climáticos.

El concepto de refugiado climático (o ambiental) es introducido por primera vez en 1985 en un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Según dictaba este informe, esta categoría se refiere a “aquellas personas que se han visto forzadas a dejar su hábitat tradicional, de forma temporal o permanente, debido a un marcado trastorno ambiental”. Dentro de esta definición se distinguen dos tipos de factores, los antropogénicos  y las causas exclusivamente naturales.

Los factores antropogénicos son una dura muestra, una vez más, las constatadas y alarmantes consecuencias del acelerado deterioro del medioambiente provocado por el impacto humano. Un crecimiento insostenible que ha dejado a las zonas más vulnerables del planeta en un callejón sin salida. Desertificación, deforestación, sequía, degradación del suelo, contaminación en todas sus formas, pérdida de diversidad biológica, proyectos de urbanización insostenibles, explotación desequilibrada de los recursos… Son solo algunas de las principales causas dentro de una, desgraciadamente, larga lista.

Estas consecuencias medioambientales derivadas del impacto humano provocan además una responsabilidad desigual. Significativamente, los desastres provocados por el cambio climático son proporcionalmente mucho mayores para los países que poco o nada han contribuido a las emisiones de gases de efecto invernadero. Entre las zonas más afectadas se encuentran Asia meridional y oriental (debido al aumento del nivel del mar) y zonas de África, especialmente a lo largo del Delta del Nilo y la costa occidental.

La envergadura del problema generado por el cambio climático es tal que la Federación Internacional de la Cruz Roja estima que en los últimos años, los desastres de índole ambiental han provocado, por primera vez en la historia, más personas refugiadas que los conflictos armados. Por otro lado, según cálculos de ACNUR, si no conseguimos mitigar el avance del cambio climático durante los próximos 50 años entre 250 y 1.000 millones de personas se verán forzadas a dejar sus hogares. ¿De qué depende la diferencia entre 250 y 1.000 millones? De un grado.

Desde luego, si hay algo que no nos falta son ejemplos. Personas que han tenido que acbandonar sus hogares en archipiélagos del Pacífico, como Tuvalu, por la subida del nivel del mar. Personas que han tenido que abandonar sus casas en Senegal por la sequía y falta de agua. Personas que han tenido que abandonar sus hogares en Bangladesh por las inundaciones. El esquema se repite, y así lo seguirá haciendo hasta que no tomemos medidas contundentes para proteger a las personas refugiadas climáticas y por supuesto, frenar el avance del cambio climático.

Este problema alcanza mayor magnitud cuando se añade a la fórmula la falta de un estatus jurídico que ampare a los refugiados climáticos. A pesar de que cuenta con una definición recogida por la ONU, el término  no cuenta todavía con un significado legal en el marco del derecho internacional. De tal forma, se imponen trabas al amparo de los desplazados por estas causalidades. Un limbo legislativo que se traduce en falta de ayudas económicas, dificultad para acceder a alimentos, refugios, escuelas u hospitales.

Un claro ejemplo de este difícil marco legal se encuentra en la primera petición registrada de asilo de un refugiado climático, que contó con una notoria presencia en medios. Corría el año 2014 cuando un ciudadano de Kiribati (un pequeño Estado del Pacífico formado por 33 islas) pedía refugio por razones climáticas a Nueva Zelanda. Alegaba que la subida del nivel del mar ponía en grave peligro su supervivencia. La solicitud fue rechazada por parte del país receptor, pues el requisito internacional para obtener la conducción de refugiado todavía hoy, y a pesar de las evidencias, no contiene motivos medioambientales. Pese a ello, algunos países han decidido tomar la iniciativa y han incluido la categoría especial de personas que necesitan protección, como son el caso de Suecia o Finalndia. Sin embargo, todavía quedan muchas naciones por sumarse a esta iniciativa.

Este flujo migratirio desde zonas devastadas ecologicamente hacia zonas habitables afectará al desarrollo humanitario al menos en cuatro dimensiones: desbordamiento de las ciudades y servicios urbanos, erosión del crecimiento económico, aumento de inestabilidad política y conflictos étnicos y deterioro de las políticas de salud y bienestar social. Así lo apunta Laura Thomson, directora adjunta de la Organización Internacional para las Migraciones en este artículo de Ethic.

El conocimiento y reconocimiento del término refugiado climático no solo contribuye a la mejora de sus condiciones. También nos ayuda a hacer frente al deterioro ambiental, a ser más conscientes de que el ser humano es responsable directo de la degradación de los ecosistemas y a generar la necesidad de planificar estrategias. Un cambio de mentalidad necesario para reducir la vulnerabilidad de las zonas más expuestas a los cambios que producimos fomentará una mayor responsabilidad ecológica. Este es el primer paso indiscutible para poder frenar esta corriente.


Con información de Climate Refugees: How Global Change is displacing millionsPlayGround, El País, ABC, UNRIC y Ethic. Imágenes de Climate Refugees, ,Manish Paudel / AP y Jonas Gratzer / Getty

:
Atrás

Deja un comentario

Entradas recientes

Comentarios recientes

Archivos

Categorías

Facebook
Twitter
YouTube
Instagram