Las películas pueden cambiar el mundo. Historias que nos emocionan, que nos transportan y que nos hacen pensar en otras formas de entender la realidad. Ostentan un fuerte poder de impacto, pues transcienden culturas, países y lenguas.

El cine documental da un paso más, pues se posiciona, como si de un espejo se tratara, como fiel reflejo de la realidad, haciéndonos tomar una mayor conciencia. Tienen por tanto, el poder de generar una corriente de conciencia global, tan necesaria en el mundo en el que vivimos. Son capaces de hacernos reflexionar sobre las sociedades en las que vivimos, son capaces de hacernos vivir en primera persona situaciones que suceden a miles de kilómetros de nuestros hogares. Son capaces de hacernos sentir. Y lo que es todavía más importante, son capaces de hacernos reaccionar. Una herramienta implacable de denuncia, información y perspectiva.

No nos faltan ejemplos de documentales que a lo largo de la historia han conseguido que sus mensajes generen un cambio de actitud entre los espectadores. Yendo un paso más allá, también nos encontramos con producciones que han generado importantes progresos sociales. Buen ejemplo de ello es el galardonado Super Size Me, (Morgan Spurlock, 2004) que consiguió abrir un intenso debate púbico entorno a la alimentación en Estados Unidos. Las reacciones que generó el documental  terminarían, seis semanas después del estreno, con la decisión tomada por McDonalds de eliminar la opción ‘Super Size’ de su menú .

No era la primera vez que ocurría, otro ejemplo contundente aparecía mucho antes con la película  The Thin Blue Line (Errol Morris, 1988). Su impacto fue tal que cambió la vida de Randall Adams. Había sido injustamente encarcelado por asesinar a un policía en 1976 y fue exonerado y liberado de prisión en 1990 gracias al argumento convincente que planteaba Morris en su documental.

En el marco del cine documental medioambiental no podemos dejar de mencionar el caso de Blackfish (Gabriela Cowperthwaite, 2013). La película realizaba una impactante denuncia de las condiciones en las que se encuentran los animales en cautiverio en los parques acuáticos, poniendo especial énfasis en la compañía Seaworld. En cuestión de meses, las acciones de Seaworld cayeron, y algunos de sus socios le retiraron su apoyo. Ya en el año 2016, el gobernador de California, Jerry Brown, prohibió el cautiverio de orcas y los programas de cría. Seaworld se vio obligada a comprometerse a cambiar sus espectáculos evolucionando hacia programas más educativos.

El cine documental tiene en sus manos una herramienta poderosa para intervenir en la realidad. Tiene el poder de hacer que tan pronto como salten los títulos de crédito en pantalla, nos preguntemos: ¿qué puedo hacer para cambiar esto?, ¿cómo contribuyo? 

En los últimos años, estos documentales han hecho una enorme labor por hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. Las temáticas abordadas han sido muy variadas: género, medioambiente, conflictos armados, infancia… Documentales que nacen con una intención, con un objetivo muy claro: convertir sus historias en motores del cambio, en llamadas a la acción. Hacer de la narración audiovisual esa semilla plantada en cada mente de cada espectador para que pueda sumarse al cambio. Pues no se cambia el mundo si no cambiamos primero las mentes.

Ante esta interesante cualidad, resulta comprensible que cada vez surjan más sinergías entre organizaciones del tercer sector y documentalistas. Así surgen los denominados “documentales de impacto”. Estos son piezas audiovisuales que van acompañados de una campaña específica con algún objetivo de impacto social. Promueven  la acción de quienes lo ven y así generar una masa crítica que, además de ser audiencia, es movilizada para aportar su parte a un cambio social.

Los documentales de impacto cada vez atraen la atención de más miradas, revolucionando la manera en la que empresas, cineastas y ONGs se relacionan. Se convierten por tanto en un verdadero ejercicio de aunar fuerzas, de encontrar puntos en común, y de avanzar juntos en favor del progreso social.

Los cineastas de documental de impacto están utilizando maneras muy innovadoras para romper con las ideas preconcebidas que tenemos de las cosas y hacernos partícipes del progreso a través de sus imágenes. Buen ejemplo de ello lo encontramos en las historias de Pamela Yates. Entre su filmografía destaca la trilogía La Saga de la Resistencia, sobre la resistencia indígena maya en Guatemala. Su segunda parte, Granito (Pamela Yates, 2011) fue utilizada como prueba forense en el juicio por genocidio celebrado contra el dictador Ríos Montt en el país.

A nivel nacional cabe destacar el largometraje Santa Fiesta (Miguel Ángel Rolland, 2016), centrada en el maltrato animal presente en las fiestas populares. Una cinta que nace con un objetivo muy claro y contundente: alertarnos y quitarnos esa venda de los ojos que nos impide ver lo que sucede verano tras verano en España.

Ante esta coyuntura, Another Way Film Festival acoge en su tercera edición el II Encuentro #DocImpacto, promovido por Las Espigadoras y coordinado por Miguel Ángel Rolland. Bajo el título Alianzas de alcance”, el evento se centrará en la colaboración entre profesionales del cine documental y ONGs, animándoles a trabajar juntos y aunar fuerzas por sus intereses comunes. La cita se celebrará el día 7 de octubre en La Cineteca de  Matadero de Madrid, la información sobre la convocatoria la puedes encontrar aquí.

El encuentro cuenta con el apoyo de La Cineteca, DocumentaMadrid, Docma y la ECAM.


Con información de Refinery29, IMBD (1, 2, 3, 4), Daily News y The Daily Californian. Imágenes: fotograma de Super Size Me y Vlad Tchompalov. 

 

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